Tienes poder sobre tu mente, no sobre los acontecimientos

Hay una verdad incómoda que solemos olvidar cuando algo no sale como esperamos: no tienes poder sobre lo que ocurre, pero sí sobre cómo decides vivirlo por dentro.

Intentar controlar lo que pasa fuera parece sensato. Nos hace sentir previsores, responsables, atentos. Creemos que si anticipamos lo suficiente, si organizamos bien, si insistimos lo necesario, lograremos que la realidad encaje exactamente como la imaginamos.

Pero casi nunca responde como esperamos.

Las personas reaccionan distinto. Los planes se tuercen. Los imprevistos aparecen sin pedir permiso. Y entonces, además de lo que sucede, cargamos con la frustración de que no debía haber sucedido así.

El problema no es el acontecimiento en sí. Es la resistencia.

Queremos dominar las circunstancias cuando lo único que realmente podemos gobernar es nuestra interpretación. No eliges todo lo que ocurre. Pero sí eliges qué historia te cuentas sobre ello.

Y esa historia puede tensarte… o liberarte.


Donde realmente está tu poder

No eliges todas las circunstancias de tu vida. No eliges cada palabra que otros pronuncian, ni cada decisión que toman, ni cada giro inesperado que altera tus planes. A veces las cosas simplemente ocurren.

Lo que sí eliges —aunque no siempre seas consciente— es cómo te posicionas ante ellas.

Puedes interpretar un silencio como rechazo o como simple distracción. Puedes vivir un error como una prueba de que no vales lo suficiente o como una experiencia incómoda pero humana.

El hecho es el mismo.

La experiencia cambia según tu lectura.

Intentar controlar lo externo es una forma segura de vivir en tensión constante, porque el mundo no está diseñado para obedecerte. Pero gobernar tu mente es distinto: requiere práctica, honestidad y cierta humildad para reconocer que muchas veces el malestar no nace de lo que pasó, sino de lo que esperabas que pasara.

No necesitas dominar lo que sucede.

Solo tu respuesta.

La tensión que creamos sin darnos cuenta

Gran parte de nuestra inquietud diaria no viene de los hechos en sí, sino del intento constante de ajustarlos a nuestras expectativas. Cuando la realidad no coincide con la imagen que habíamos construido, aparece la frustración.

Y casi siempre confundimos esa frustración con culpa ajena o mala suerte.

Pero muchas veces es simplemente resistencia.

Aceptar que no controlas todo no es rendirte ni conformarte. Es dejar de gastar energía en lo que ya ocurrió para poder decidir con claridad qué haces a partir de ahora.

Ahí empieza la verdadera responsabilidad.


La pregunta

¿Tu malestar nace realmente de lo que ocurrió… o de tu necesidad de que hubiera sido diferente?

Reflexión de ejemplo

Hoy he discutido con mi hermana. Habíamos quedado para comer y llegó casi cuarenta minutos tarde. No avisó. Cuando apareció, actuaba como si nada. En el momento me sentí poco importante, como si mi tiempo no valiera lo mismo que el suyo.

Durante el trayecto de vuelta a casa fui repasando la escena una y otra vez. Pensaba que siempre hace lo mismo, que no respeta a los demás, que debería decirle algo más serio la próxima vez.

Al sentarme a escribir me obligué a separar el hecho de mi interpretación. El hecho fue este: llegó tarde y no avisó. Mi interpretación fue: “no le importo lo suficiente”.

No puedo controlar que llegue puntual siempre. Tampoco puedo controlar su forma de organizarse. Pero sí puedo decidir no convertir un retraso en una prueba de desinterés.

Quizá simplemente se despistó. Quizá calculó mal el tiempo. Quizá no pensó en cómo me afectaría. Nada de eso significa automáticamente que no me valore.

Me doy cuenta de que lo que más me tensó no fue la espera, sino la historia que construí mientras esperaba.

No puedo gobernar los acontecimientos.

Pero sí puedo gobernar lo que hago con ellos por dentro.

También te puede interesar

Deja una respuesta