Ser auténtico hace que algunas personas se alejen y otras se acerquen

No todos soportan tu yo auténtico, pero los correctos sí.

Hay algo incómodo en esta idea, porque nos obliga a aceptar una consecuencia que no siempre queremos asumir: cuando empiezas a mostrarte tal como eres, no todo el mundo se queda.

Nos gusta pensar que la autenticidad solo trae relaciones más profundas, más honestas, más sanas. Y en parte es cierto. Pero hay una fase previa que casi nadie menciona.

La fase en la que algunos se incomodan.
La fase en la que ciertas dinámicas cambian.
La fase en la que pierdes encaje antes de ganar claridad.

Ser auténtico no es una estrategia social. Es una decisión personal. Y como toda decisión que te acerca a ti mismo, también filtra.


Cuando agradar deja de ser el centro

Durante años aprendemos a adaptarnos. A decir lo justo. A suavizar opiniones. A evitar conflictos innecesarios. A encajar.

No siempre lo hacemos por inseguridad. Muchas veces lo hacemos por hábito.

Ser la persona fácil. La que entiende. La que cede. La que no complica nada.

Eso tiene recompensa. Mantiene la armonía. Reduce fricciones. Te hace agradable.

Pero también tiene un coste silencioso: empiezas a recortar partes de ti.

Tal vez no dices lo que piensas en una conversación.
Tal vez aceptas planes que no te apetecen.
Tal vez callas límites que deberías marcar.

Nada grave. Nada dramático.

Pero constante.

Y cuando un día decides dejar de hacerlo, cuando empiezas a hablar con más claridad o a poner límites sin pedir disculpas por existir, algo cambia.

No porque te hayas vuelto difícil.
Sino porque ya no estás jugando el mismo papel.objetivo. Es una interpretación sostenida en el tiempo.

Y puede entrenarse.

El malentendido de la autenticidad

A veces confundimos autenticidad con dureza. Como si ser uno mismo implicara decir todo sin filtro o actuar sin tener en cuenta a los demás.

No va por ahí.

Ser auténtico no es perder empatía. Es dejar de fingir.

Es poder decir “esto no me encaja” sin sentir culpa automática.
Es reconocer que no quieres algo sin tener que inventar una excusa.
Es permitirte tener opiniones propias aunque no gusten a todos.

Y eso, inevitablemente, incomoda a quien estaba acostumbrado a una versión más manejable de ti.

No porque seas mejor ahora.
Sino porque eres más claro.

Y la claridad, a veces, descoloca.

Hay personas que estaban cómodas con tu flexibilidad constante. Con tu disponibilidad permanente. Con tu silencio ante ciertas cosas.

Cuando eso cambia, la relación también cambia.

Y no siempre sobrevive.

El espacio que se crea cuando dejas de fingir

Lo difícil no es que alguien se aleje.
Lo difícil es no interpretarlo como un fracaso.

Cuando notas más distancia. Menos mensajes. Menos interés. Menos complicidad.

La tentación es pensar: “Quizá debería haber sido más flexible”.
“Quizá no hacía falta decirlo así”.
“Quizá he exagerado”.

Pero hay una pregunta más honesta que rara vez nos hacemos:

¿Esa relación dependía de que yo no fuera del todo yo?

Porque si la conexión solo funcionaba mientras te reducías, entonces no era tan sólida como parecía.

Ser auténtico no garantiza que todos se queden.
Garantiza que quien se quede lo hará por lo que realmente eres.

Eso implica asumir pérdidas.

Pero también implica dejar de vivir con la sensación constante de estar interpretando un papel.

Y esa sensación pesa más de lo que solemos reconocer.

No es pérdida, es ajuste

Hay relaciones que encajan en una etapa concreta de tu vida.

Cuando eras más complaciente.
Cuando dudabas más.
Cuando necesitabas aprobación.
Cuando evitabas cualquier fricción.

Si tú cambias, algunas relaciones ya no encajan igual. No porque alguien sea “incorrecto”. Sino porque la dinámica que las sostenía ha cambiado.

Y eso no siempre es un drama.

A veces es simplemente un ajuste natural.

No todo alejamiento es traición.
No toda distancia es conflicto.

En muchos casos es solo una consecuencia de haber dejado de fingir.

Y aunque al principio se sienta como una pérdida, con el tiempo suele convertirse en algo más sencillo: espacio.

Espacio para relaciones donde no necesitas medir cada frase.
Espacio para conversaciones más honestas.
Espacio para sentirte cómodo siendo quien eres.


La pregunta

¿En qué relación estás actuando desde el miedo a incomodar en lugar de desde la honestidad?

Reflexión de ejemplo

Hace poco noté cierta distancia con una persona con la que siempre había tenido buena relación. Durante años fui muy cuidadoso al hablar con ella. Evitaba ciertos temas. Matizaba opiniones. Cedía más de lo que realmente quería.

No lo veía como un problema. Lo veía como “mantener la paz”.

Hace unos meses empecé a ser más claro. No agresivo. No brusco. Solo más directo. Empecé a decir cuando algo no me parecía bien. A marcar límites sin dar demasiadas explicaciones. A no estar siempre disponible.

La reacción no fue un enfrentamiento. Fue algo más sutil: menos cercanía. Menos complicidad. Menos iniciativa por su parte.

Durante unos días me cuestioné si había sido demasiado tajante. Si debería haber vuelto a suavizarlo todo.

Al escribir sobre ello me di cuenta de algo incómodo: esa relación funcionaba bien mientras yo ocupaba el papel del que siempre se adaptaba.

Al salir de ese papel, la dinámica cambió.

No significa que la otra persona sea mala. Ni que yo tenga razón absoluta. Significa que el vínculo estaba sostenido por una versión parcial de mí.

Y aunque perder esa comodidad inicial dolió un poco, también sentí algo distinto: tranquilidad.

Porque por primera vez no estaba intentando encajar a cualquier precio.

Quizá no todos soporten tu versión más honesta.

Pero los que lo hagan, lo harán sin que tengas que reducirte.

Y esa diferencia, con el tiempo, se nota.

También te puede interesar

Deja una respuesta