El miedo siempre va a estar. No se trata de eliminarlo, sino de evitar que decida por ti. Muchas veces esperamos a sentirnos preparados para avanzar, como si la seguridad tuviera que aparecer antes del movimiento, cuando en realidad suele ser al revés. Cuando pones la mirada en lo que temes, el camino se estrecha. Cada decisión pesa más, cada paso se llena de dudas, y tú te vuelves más pequeño sin darte cuenta.
Pero cuando te enfocas en hacia dónde quieres ir, algo cambia por dentro. No desaparecen los miedos, pero dejan de ser el centro. Hay un espacio que se abre, una dirección que empieza a tener sentido, incluso si aún no está del todo clara. Esa intención, aunque sea mínima, mueve algo interno que a veces llevaba demasiado tiempo quieto.
Avanzar no siempre significa hacerlo con firmeza. A veces avanzar es solo permitirte desear, admitir hacia dónde te gustaría ir, incluso si todavía no sabes cómo llegarás. Es más un gesto interno que un paso externo. Un “quiero ir allí” susurrado casi en silencio. Y ese gesto, tan sencillo, puede transformar la forma en que te sostienes frente a lo que temes.
¿Y tú, estás caminando hacia tus miedos o hacia tus deseos?
Ejemplo de reflexión personal
Hoy he notado cómo mi mente vuelve una y otra vez a lo que me da miedo. Es casi automático. Pero cuando pienso en lo que deseo, en lo que realmente me mueve, mi cuerpo responde de otra manera. No desaparece la tensión, pero aparece un hilo de dirección, algo que me invita a avanzar un poco más. Me doy cuenta de que mirar hacia el miedo me paraliza, pero mirar hacia lo que quiero me recuerda quién soy y hacia dónde quiero caminar.
Si te apetece, puedes escribir sobre ese lugar al que quieres ir, aunque aún te dé respeto nombrarlo. Solo para ti, sin prisa, sin obligación. Una palabra puede ser suficiente para empezar.
