Hay una idea incómoda que casi nunca consideramos cuando hablamos de insatisfacción: puede que la vida que hoy minimizas sea exactamente la que otra persona desearía.
Nos acostumbramos rápido. A lo bueno y a lo estable. A lo que antes parecía difícil y ahora se volvió cotidiano.
Y cuando algo se vuelve cotidiano, deja de impresionarnos.
No porque haya perdido valor. Sino porque dejó de sorprendernos.
Entonces aparece la comparación. Miramos lo que falta, lo que otros tienen, lo que aún no hemos alcanzado. Y sin darnos cuenta, empezamos a narrar nuestra vida desde la carencia.
Desde fuera puede parecer ambición.
Desde dentro, a veces es insatisfacción constante.
La queja se instala de forma sutil. No como dramatismo. Como hábito.
Y lo habitual rara vez se cuestiona.
Cuando lo normal deja de parecer un privilegio
El problema no es querer más. Es dejar de reconocer lo que ya está.
Lo que hoy llamas rutina, hace unos años era objetivo. Lo que ahora consideras insuficiente, en otro momento habría sido suficiente.
La mente se adapta. Normaliza. Reduce el impacto emocional de lo que se repite.
Y al normalizar, borra el privilegio.
Si tienes estabilidad, puede que ya no recuerdes lo que era la incertidumbre constante. Si tienes salud, probablemente no pienses en ella hasta que algo falla.
Si hay alguien que te espera en casa, es posible que te fijes más en sus defectos que en el simple hecho de que está.
La comparación casi siempre mira hacia arriba.
Y cuando solo miras hacia arriba, todo lo que tienes parece pequeño.
No porque lo sea.
Sino porque lo estás midiendo mal.
La percepción no es un dato objetivo. Es una interpretación sostenida en el tiempo.
Y puede entrenarse.
Mirar de nuevo
Reconocer lo que ya tienes no significa conformarte.
Significa dejar de tratar tu presente como si fuera un error.
Puedes aspirar a más sin despreciar lo que hoy sostiene tu vida. Puedes construir sin narrarte desde la escasez permanente.
La diferencia no está en lo que posees.
Está en cómo lo miras.
Y a veces basta con formular una pregunta incómoda:
¿Y si esto que estoy llamando insuficiente fuera, para alguien más, exactamente lo que está pidiendo?
La pregunta
¿Qué aspecto concreto de tu vida estás criticando hoy que, visto desde otra realidad, podría ser un privilegio evidente?
Reflexión de ejemplo
Esta semana me he quejado varias veces de mi trabajo. He dicho que es repetitivo, que no me motiva lo suficiente, que siento que podría estar haciendo algo más interesante. Lo he pensado mientras volvía a casa cansado, con la sensación de estar estancado.
Hoy, al escribir sobre ello, me he obligado a describir la situación completa. Tengo un contrato estable. Cobro a final de mes sin sobresaltos. No temo que mañana me llamen para decirme que prescinden de mí. Hace unos años vivía pendiente de trabajos temporales y de la incertidumbre constante.
Si el “yo” de hace cinco años viera mi situación actual, probablemente la llamaría tranquilidad. Yo la estoy llamando rutina.
No significa que no quiera cambiar de trabajo algún día. Significa que quizá estoy despreciando una estabilidad que antes deseaba.
Escribirlo me ha obligado a ajustar la narrativa. No estoy atrapado. Estoy en una etapa estable. Y eso, para muchas personas, no es poco.
