Cuando agradar se convierte en una forma de desaparecer
Hay una idea que muchos aprendimos sin darnos cuenta: que ser bueno, comprensivo y disponible nos haría más queridos. Que si evitábamos conflictos, si cedíamos un poco más, si pensábamos antes en los demás que en nosotros, todo iría mejor. Y durante un tiempo, incluso parece funcionar. Nadie se enfada, nadie se va, todo se mantiene en calma.
Pero esa calma tiene un precio.
Ser muy bueno no siempre nace de la generosidad, muchas veces nace del miedo. Miedo a decepcionar, a incomodar, a que el otro se enfade o se aleje. Y desde ahí empezamos a adaptarnos demasiado. A medir palabras. A callar lo que molesta. A decir que sí cuando por dentro sentimos que no.
El problema es que, poco a poco, esa forma de estar en el mundo va borrando límites. Y cuando los límites desaparecen, el respeto empieza a diluirse. No porque los demás sean malas personas, sino porque nadie puede respetar un límite que no existe.
Con el tiempo, ser “el bueno” suele venir acompañado de sensaciones como estas:
- Cansancio emocional constante.
- Sensación de dar mucho y recibir poco.
- Dificultad para decir lo que realmente necesitas.
- Enfado acumulado que no sabes muy bien de dónde viene.
- Culpa cada vez que intentas ponerte en primer lugar.
Y lo más peligroso es que todo esto se normaliza. Te dices que es lo que hay, que tú eres así, que no pasa nada. Hasta que pasa. Hasta que el cuerpo se cansa, la mente se satura y algo dentro empieza a preguntarse en qué momento te dejaste para después.
La reflexión
“Seguro que muchas veces, por querer agradar o encajar, hemos sido demasiado buenos con los demás. Hemos callado, cedido y estado disponibles más de la cuenta. Pero eso no siempre genera cariño ni respeto; a veces solo enseña a los demás que pueden contar contigo sin tenerte en cuenta. Y cuando siempre estás, sin límites, acabas desapareciendo.”

Practica el Journaling con el diario de amor propio
Ejemplo para escribir
Hoy he salido de una comida familiar con una sensación rara en el cuerpo. Durante toda la conversación he estado escuchando, ayudando, quitando hierro a comentarios que me molestaban. He sonreído cuando no me apetecía y he dicho que sí a cosas que no quería hacer. Nadie me pidió que lo hiciera, simplemente me salió.
Al volver a casa me he dado cuenta de que estaba cansado, pero no físicamente. Era otro tipo de cansancio. El de no haber sido del todo yo. El de haber vuelto a dejar mis límites en la puerta para que todo fuera “más fácil”.
Me he preguntado cuándo empecé a creer que cuidar de los demás implicaba olvidarme de mí. Y también cuándo confundí ser buena persona con no molestar nunca. No estoy enfadado con nadie, pero sí conmigo por no haberme escuchado.
Hoy quiero escribir sobre eso. Sobre en qué momentos soy bueno por elección y en cuáles por miedo. Sobre qué me cuesta decir que no. Y sobre qué pasaría si empezara a cuidarme con la misma atención con la que cuido a los demás.
Si quieres, puedes escribir ahora tu propia versión de esta pregunta. ¿Con quién estás siendo bueno a costa de ti?
También puede interesarte
Esto no ocupa espacio, pero lo cambia todo
La certeza del instante final
Soltar no es rendirse, es dejar de insistir donde ya no hay vida
¿Qué parte de tu dolor estás descargando en otros sin darte cuenta?
¿Te has parado a pensar quién es realmente tu gente?
