Ser empático es ver el mundo a través de los ojos del otro, no ver nuestro mundo reflejado en sus ojos. Parece una frase sencilla, pero es una forma completamente distinta de relacionarnos. Acompañar desde ahí no implica interpretar lo que el otro vive según nuestra historia, sino permitir que su mundo tenga su propio espacio, su propio peso.
A veces escuchamos con prisa, con el impulso de ofrecer una solución, un consejo, una frase que alivie. Lo hacemos con buena intención, pero muchas veces ese intento rápido tapa lo que la otra persona realmente necesita: ser vista sin filtros, sin interrupciones, sin esa urgencia que a veces sentimos por ordenar el dolor ajeno.
La empatía no cura, pero acompaña. Y cuando alguien se siente acompañado sin ser juzgado, algo dentro empieza a aflojarse, como si por un momento pudiera descansar de sí mismo. No hace falta saber qué decir, tampoco saber qué hacer. A veces lo más humano es simplemente estar, sostener la presencia, dejar que el otro se exprese sin tener que traducirlo todo a lo que nosotros creemos que debería sentir.
Hoy, Día Mundial de la Salud Mental, recuerdo las palabras de Carl Rogers y su forma de comprender el alma humana. Me pregunto cuántos malestares emocionales se suavizarían si aprendiéramos a mirar un poco más desde los ojos del otro, si abandonáramos la costumbre de proyectarnos en cada conversación.
¿Y tú, acompañas desde tu mirada o desde la del otro?
Ejemplo de reflexión personal
Hoy he notado cuántas veces intento aliviar al otro desde mis propias heridas. Me doy cuenta de que, cuando escucho sin prisa, algo en mí también se calma. Como si entender al otro me ayudara a entenderme un poco más. Quizá acompañar sea eso, abrir un espacio donde nadie tenga que defenderse, donde lo que se siente pueda existir sin ser cuestionado.
Si te apetece, puedes escribir sobre alguna vez en la que te hayas sentido realmente comprendido o acompañado, y qué cambió dentro de ti en ese momento.
